Una referencia especialmente ilustrativa es la clasificación histórica de los planes de ordenación parroquiales recogida por elObservatorio de la Sostenibilidad de Andorra. Los datos situaban en sólo 10,43 km² el suelo urbano, es decir, aproximadamente el 2,23% de todo el territorio nacional. A esta superficie se añadían unos 34,72 km² de suelo urbanizable, otro 7,42%. En conjunto, por tanto, alrededor del 90% de Andorra estaba clasificado como suelo no urbanizable.
Esto no significa que sólo un 2% del país sea físicamente habitable ni que todo el suelo urbanizable pueda terminar construido. La propia legislación andorrana diferencia claramente entre suelo urbano, urbanizable y no urbanizable, y los terrenos urbanizables necesitan el desarrollo de los correspondientes planes antes de convertirse en suelo urbano consolidado.
La particular orografía del Principado explica buena parte de esa situación. Valles estrechos, fuertes pendientes, montañas, bosques, ríos y zonas de alta montaña dejan relativamente poco espacio para concentrar viviendas e infraestructuras.
El contraste es aún más espectacular teniendo en cuenta que Andorra ya ha superado los 90.000 residentes. Esto significa que una población equivalente a la de una ciudad media se distribuye oficialmente sobre 468 km², pero en la práctica se concentra mayoritariamente en una franja territorial mucho más reducida.
La gran concentración se produce sobre todo en el valle central formado por Andorra la Vella y Escaldes-Engordany, y a lo largo de los principales ejes viarios que comunican San Julián de Loria, Encamp, La Massana, Ordino y Canillo.
Esta limitación geográfica ayuda también a entender uno de los grandes problemas actuales del país: la presión sobre la vivienda y el suelo disponible. Cuando aumenta rápidamente la población, la demanda no se reparte uniformemente por los 468 km², sino que se concentra en las zonas en las que realmente es viable vivir y construir.
Por eso, la densidad oficial de Andorra explica sólo una parte de la realidad. Si se calculara la población exclusivamente sobre las zonas urbanas y efectivamente habitadas, aparecería una Andorra mucho más densamente poblada de lo que sugieren las dimensiones totales del país.
El reto de los próximos años será precisamente decidir cuánto más puede crecer Andorra sin ocupar progresivamente los valles y laderas que aún quedan libres, y cómo compatibilizar la necesidad de nuevas viviendas con la preservación de un paisaje de montaña que constituye uno de los principales patrimonios del Principado.