Durante los años sesenta, Europa vivía una etapa de crecimiento económico y cada vez más familias tenían acceso a un vehículo propio. El turismo empezaba a popularizarse y las vacaciones dejaban de ser un privilegio reservado a las clases más acomodadas. En este contexto, los campings se convirtieron en una opción económica y atractiva para descubrir nuevos destinos.
Andorra reunía todos los ingredientes para atraer a este nuevo tipo de visitante. Montañas, paisajes naturales, aire puro y productos más baratos. La proximidad con Cataluña y el sur de Francia la convertían en un destino ideal para pasar unos días de verano o de invierno, normalmente coincidiendo con las vacaciones escolares.
Muchas familias llegaban al Principado a bordo de vehículos que hoy forman parte de la memoria colectiva, como el Seat 600, el Renault 4L o el Citroën 2CV. Viajaban cargadas con tiendas de campaña, mesas plegables y todo lo necesario para instalarse durante una semana o más entre las montañas.
La mayoría de familias no se podía permitir la estancia en hoteles, solo al alcance del alto poder adquisitivo. El camping emergió como la alternativa de las clases populares. Fue la primera infraestructura turística de Andorra con capacidad de acoger grandes volúmenes de visitantes.
Aquellos campings eran muy diferentes de los actuales. Las instalaciones eran sencillas y los servicios limitados. Pero precisamente esta simplicidad formaba parte de su atractivo. El contacto con la naturaleza era directo y las vacaciones se vivían de una manera mucho más pausada.
Los niños jugaban libremente entre las parcelas, los ríos y los bosques. Las familias compartían comidas al aire libre y muchos visitantes establecían amistades que se repetían verano tras verano.
Yo mismo pasé una década viniendo durante un mes a Andorra con mis padres y mi hermano. De los cuatro a los 14. En Escaldes, donde está ahora el polideportivo. Ir de compras, a buscar setas, bañarnos en el río y jugar con otros niños, a menudo franceses, por la inacabable extensión del camping. O entonces a mí me parecía infinito. A los 14 me lo dejó de parecer.
Los campings también contribuyeron a impulsar otra actividad que marcaría la historia económica del país: las compras. Muchas familias aprovechaban la estancia para adquirir productos que resultaban difíciles de encontrar en España durante el franquismo. Perfumes franceses, medias de nailon, vajilla Duralex, aparatos electrónicos, tabaco o licores formaban parte de las listas habituales de compra.
Así, las vacaciones combinaban naturaleza, montaña y comercio, una fórmula que acabaría definiendo buena parte de la oferta turística andorrana.