Durante siglos, las bordas formaron parte del paisaje cotidiano de Andorra. Estas construcciones de piedra y madera eran esenciales para la supervivencia de muchas familias de montaña. Servían principalmente para guardar heno, herramientas agrícolas y ganado durante los meses más duros del año. Situadas a menudo alejadas de los núcleos urbanos, permitían aprovechar los prados de alta montaña y asegurar alimento para los animales durante el invierno.
Eran edificios funcionales. No estaban pensados para recibir visitantes. Ni tampoco para convertirse en restaurantes.
Pero con la transformación económica de Andorra a partir de los años sesenta, muchas de estas construcciones comenzaron una segunda vida.
La llegada del turismo cambió completamente el país. La agricultura y la ganadería fueron perdiendo peso frente al comercio, los servicios y las actividades vinculadas a los visitantes. Muchas bordas quedaron en desuso. Y fue entonces cuando algunas familias vieron una oportunidad.
Aquellos antiguos edificios de piedra conservaban un encanto difícil de encontrar en las nuevas construcciones. Vigas de madera originales, muros gruesos, chimeneas y una arquitectura perfectamente integrada en el paisaje pirenaico.
Poco a poco, diversas bordas se transformaron en restaurantes especializados en cocina de montaña.
El objetivo era ofrecer algo más que comida.
Querían ofrecer una experiencia.
Comer dentro de una antigua borda significaba entrar en contacto con una parte de la historia de Andorra.
Con los años, muchas de estas bordas se han convertido en auténticas instituciones gastronómicas del país.
Entre las más conocidas encontramos la Borda Estevet, la Borda Pairal 1630, la Borda Vella, la Borda de l’Avi, la Borda Raubert, la Borda Xixerella, la Borda de l’Hortó, la Borda de les Pubilles, la Borda del Tremat, la Borda d’Erts, la Borda Molí dels Fanals, la Borda de l’Arena, la Borda Hereu 1693, la Jou la Borda, la Borda Patxeta, la Borda del Rector, la Borda Major 5, la Borda de Conangle, la Borda del Pi y la Borda de la Coma.
Algunas mantienen una estética muy fiel a las construcciones originales. Otras han incorporado elementos contemporáneos, pero sin perder la esencia de las antiguas casas de montaña.
La gastronomía también ha evolucionado
Si antiguamente las bordas estaban vinculadas a la producción agrícola, hoy muchas son espacios donde se reivindica la cocina tradicional andorrana. Escudella, trinxat, carnes a la brasa, caracoles, setas, embutidos y productos de proximidad continúan ocupando un lugar destacado en las cartas.
Entrar en una borda es, en cierta manera, viajar a una época en la que el país vivía principalmente del campo, del ganado y de los recursos de la montaña.
Por eso, hoy las bordas representan mucho más que restaurantes.
Son una de las conexiones más visibles entre la Andorra rural de hace cien años y el país moderno que recibe millones de visitantes cada año.