Cuenta la leyenda que estas mujeres tenían una belleza extraordinaria. Vestían de blanco, llevaban el pelo largo y brillante y sólo se dejaban ver al amanecer o al atardecer, cuando la niebla cubría los lagos de alta montaña.
Se decía que vivían bajo las aguas cristalinas de los estanques y que salían a peinarse en la orilla con peines de oro o de plata. Quien tenía la fortuna de verlas quedaba maravillado por su belleza, pero también corría el riesgo de quedarse encantado para siempre.
Las mujeres de agua eran consideradas protectoras de la naturaleza. Velaban para que nadie estropeara los bosques, las fuentes o los lagos, y castigaban a aquellos que actuaban con avaricia o irrespeto hacia la montaña.
En algunas versiones de la leyenda, una de estas hadas se enamoraba de un pastor.
Aceptaba vivir con él con una única condición: que nunca revelara su origen ni la tratara con desprecio. Cuando el hombre rompía la promesa, la mujer desaparecía para siempre, volviendo a su estanque y dejando atrás al marido ya los hijos.
Este relato, con variantes, también aparece en otros lugares de los Pirineos catalanes, pero en Andorra ha pasado de generación en generación como muestra del respeto que los habitantes sentían por la naturaleza.
Aún hoy existen excursionistas que explican que algunos estanques desprenden una atmósfera casi mágica cuando el sol sale o se pone. No es de extrañar que estos paisajes inspiraran historias llenas de misterio.
Más allá de la fantasía, la leyenda de las mujeres de agua recuerda la importancia de convivir en armonía con el medio natural.
Es una de las tradiciones orales más bellas del patrimonio pirenaico y sigue cautivando tanto a los andorranos como a los visitantes que se adentran por los caminos de la alta montaña.