Al tratarse de un territorio precario hasta los años 50 del siglo pasado, la dieta no era ni demasiado sofisticada ni demasiado variada. Y había mucha «sopa», como explica el chef Carlos Flinch, responsable del Restaurante Can Manel. Lo ejemplifica con la tradicional «sopa de pastor».
En la gastronomía tradicional andorrana había bastante sopa porque era un plato fácil, económico y que utilizaba los ingredientes que «poderas tener en la huerta». Eran populares las «sopas de ajo, las sopas de cebolla o la conocida como sopa de pastor». Ésta última tiene una particularidad curiosa: sus ingredientes estaban vinculados a menudo a la clase social de la familia que la preparaba.
Vamos al plato que explica Flinch. «Para hacer una sopa de pastor debes preparar una infusión de timón, entonces debes poner el pan seco que tienes en casa. “Mamá, mamá… ¿cuándo comeremos pan de hoy? Mañana hijo, mañana…’. Los costrones que habían sobrado de días anteriores se ponían en un plato sopero. Una vez infusionado el timón con agua hirviendo, echabas el líquido encima y escaldabas el pan».
El plato tenía una misma base para todos, pero el resultado final dependía mucho del estatus económico de cada familia. «En las 'casas bien', se ponía judía y unas tiritas de jamón o tocino. Lo ponían en el plato con el pan y la sopa escaldada». El sabor del plato no tenía nada que ver con el de «las casas ‘no bien’, donde sólo había pan remojado con infusión de timón».
Flinch concluye que las sopas de pastor fueron desapareciendo de las mesas andorranas a la misma velocidad que crecía la economía a partir de los años 50 y con el inicio del boom del turismo.