Uno de los ejemplos es el camino del Gall, en Canillo, una ruta sencilla con magníficas vistas sobre el valle. También sorprende el pequeño núcleo de Sant Martí de Nagol, en Sant Julià de Lòria, con su iglesia románica situada sobre un acantilado y unas panorámicas espectaculares.
Al norte del país, el valle de Sorteny ofrece itinerarios mucho menos masificados que otros espacios naturales y es un paraíso para los amantes de la flora y la fauna.
A Llorts, muchos visitantes pasan de largo sin descubrir el camino que lleva hasta las antiguas minas de hierro, un recorrido cargado de historia.
También vale la pena perderse por las calles de pueblos como Pal, Sispony o Bixessarri, donde todavía se conserva la arquitectura tradicional andorrana y un ritmo de vida muy diferente al de las zonas comerciales.
Para quienes buscan fotografías espectaculares, hay miradores menos conocidos que los más populares y desde donde se pueden contemplar las montañas sin prácticamente nadie alrededor. Son espacios ideales para disfrutar del silencio, especialmente a primera hora de la mañana o al atardecer.
Descubrir estos rincones es una manera diferente de conocer Andorra. Más allá de las compras y de los grandes atractivos turísticos, el Principado conserva un patrimonio natural, cultural e histórico que sigue pasando desapercibido para muchos visitantes, pero que convierte cualquier escapada en una experiencia mucho más auténtica.